Consagradas en el corazón del mundo

Una Hija del Santísimo e Inmaculado Corazón de María es una mujer, dueña de sí misma, madura, que se sabe profundamente amada por Dios y responsable de ser testigo de ese amor, con una conciencia muy clara de su vocación de ser, en el mundo, prolongación viva del amor de la Virgen Madre. Enraizada en Dios, enamorada de Jesucristo y habitada por el Espíritu, al que quiere dejar actuar libremente, se siente llamada a ser creadora y recreadora de comunión.

Como ella,

a)Acoge la Palabra y deja que se haga carne en su vida. Vive de la Palabra, recibiéndola cada día como el mejor Don que la llena de sentido y de Alegría. Está siempre abierta a cualquier irrupción de Dios en su vida, pendiente de su Voluntad, infinitamente más buena que la nuestra. Se deja sorprender por la Palabra, la acoge con un corazón abierto y disponible y la “guarda” para que se convierta en Vida. Está cierta de que la fuerza del Espíritu la cobijará con su sombra y esta certeza echa fuera cualquier temor, cualquier complejo, cualquier cálculo, y le infunde la “audacia” de quien cuenta con unos medios que escapan a las posibilidades humanas. No se acobarda ante su propia pequeñez porque sabe y experimenta cada día que, precisamente con lo pequeño, Dios puede hacer cosas grandes. Mirando a María aprende a fiarse de aquello que, tal vez, no acabe de entender o le plantee desconfianza. En su “espejo” entiende que “concebir” a Cristo es aceptar que transforme su corazón para amar sin condiciones. Ha comprendido, en palabras de San Ambrosio, que “toda persona que cree, concibe y engendra al Verbo de Dios.”

b) Siente en sí misma la necesidad de contagiar la Palabra que habita en su entraña y no halla mejor modo de llevarla que sirviendo, con todo cuanto es y cuanto tiene. Mirando a María, descubre que el Don de Dios, su Presencia, se comunica a través de nosotras aunque seamos pequeñas y pobres. Humildemente entiende que el tesoro que hemos acogido y nos ha transformado nos sobrepasa y que hay “algo” que los demás perciben que no es nuestro. Está siempre dispuesta a “ponerse en camino” para ir al encuentro de quien la necesite. La visita de María a su prima le descubre que el amor es siempre elocuente y comunicativo, que dice más que mil palabras, que transparenta del mejor modo la Buena Noticia del Verbo hecho Carne. La Palabra acogida se ha transformado en fuente de Alegría que no puede menos que contagiarse, en silencio o con palabras. Su canto de júbilo es gozo de vivir y entrega sencilla, en lo cotidiano, en la realidad de todos los días y de todas las gentes.

c) Está permanentemente atenta a cuanto ocurre en su entorno para indicar el camino, para conducir hacia el encuentro con el Único que puede convertir el sin–sentido en la Alegría verdadera que llega más allá de todo lo que vemos. Con este objetivo en la mente y en el corazón, se ejercita incansablemente en la tarea de mirar a su alrededor, con la atención preñada de la ternura de una madre (lo es por vocación), para descubrir las carencias reales de quienes viven junto a ella y procurarles lo que realmente necesitan, no lo que, a su juicio, parezca más conveniente. Ha comprendido la importancia de aprender a escuchar siempre, poniéndose en la piel de los otros, sin minimizar sus problemas o dificultades porque no lo sean según sus criterios. Mirando a María ha aprendido que el vino de una boda puede ser, llegado el caso, el trampolín perfecto para conducir al encuentro con el Dios vivo, el Dios que nos ama y se preocupa por nosotros, el Dios a cuyo amor no escapa nada de lo humano. El inmenso mundo de las relaciones interpersonales, “en las condiciones ordinarias de la vida”, se le ofrece como un ámbito privilegiado de anuncio de la Palabra. La Hija del Inmaculado Corazón de María es una persona atravesada por la Buena Noticia que convierte toda relación personal en ocasión para decir, desde la certeza de la propia vida, realizada y gozosa, “haced lo que El os diga”.

d) Sabe “estar” acompañando el dolor de los más pobres (en el sentido más amplio de esta palabra), estar junto al que sufre compartiendo la cruz desde su propia debilidad asumida y abrazada, sin dar lecciones, consciente de ser, también ahí, presencia del Señor. Ha comprendido que no podrá ni sabrá “acompañar” si antes no ha aceptado, con todo su ser, que Dios se manifiesta en lo pequeño, que ha querido expresarnos su Amor en la debilidad y que no hay ser humano cuyo dolor no pueda encontrar cobijo en la Cruz del Señor. Por el Bautismo y la Consagración, ha quedado configurada con la Cruz de Cristo y así, en la entraña misma de su vocación, descubre la llamada a estar, como y con  nuestra Señora, “al pie de la cruz” de todos los que sufren, sin grandes discursos, pero como “enviada” del Amor más grande. Conoce bien el abismo del dolor en el corazón humano cuando sólo se vive desde el “sin–sentido” y sabe que nadie (tampoco ella misma) está libre de caer cuando es más oscura la tiniebla, cuando parece que sólo el malvado triunfa, cuando no se ve salida y hasta la misma fe se hace difícil y oscura. Por eso, suplica incansablemente, cada día, al Señor que se adentre en su propio corazón, en su mente, en su libertad… en toda su vida de tal suerte que no haya situación que pueda poner en peligro la raíz más profunda de la verdadera Esperanza. En María aprende a “saber estar” al lado del que sufre, sin agobiarse por “decir algo” sino con la profunda convicción de que si su vida está atravesada totalmente por el Amor de Dios, ese amor llegará a los demás, hable o no. Junto a la Cruz aprende a asumir serenamente y con gran realismo la propia debilidad (como personas y como Instituto) para que la Fuerza de Dios pueda manifestarse libremente y haga surgir, del abismo, la fuerza imparable de la Vida.

e) Está presente en la comunidad que sigue al Señor con la misma actitud de Nuestra Señora, sosteniendo, desde el amor, a los demás hermanos/as y sintiéndose sostenida a su vez, cultivando relaciones transparentes, suplicando cada día el don de amarnos mutuamente como el mismo Señor nos ama. Sabe que la unidad se nutre perseverando en oración con María, la Madre de Jesús. Ha experimentado que sólo desde el amor puede crecer la fraternidad verdadera y hacerse realidad la existencia de una comunidad de amor que manifieste visible­mente que por amor hemos sido salvados. Mirando a Nuestra Señora aprende a amar de verdad a “los hermanos de su Hijo” tal como son, pero abiertos para la transformación que opere en ellos el Espíritu. Llamada a ser corazón de la comunidad eclesial, permanece disponible a la acción del Espíritu en ella misma y en los demás, sin miedos, complejos ni “imposibles”. Ha entendido también que su fidelidad al Señor pasa por su fidelidad a la Iglesia, es decir, a todos los convocados por la misma Voz que a ella la ha conducido a abrazar este Don. Se sabe llamada (y esta certeza es un inagotable fuente de gozo) a “morar” en el Corazón de la Virgen Madre. En la esencia misma de su vocación, en el núcleo de su carisma cordimariano recibido del Fundador, descubre que está llamada a ser “corazón” del mundo y de la Iglesia.

Una  Hija del Inmaculado Corazón de María no se cansa jamás de volver una y otra vez a la Fragua del Corazón de la Virgen Fiel. En ese ámbito privilegiado de comunión y de entrega, busca, se sabe amada y es enviada a encender otros fuegos con el Fuego que la ha purificado y transformado.