El corazón de fuego

El corazón de fuego que Dios concedió a San Antonio María Claret necesitaba salvar todas las fronteras, anunciar el Evangelio siempre y en todas partes. Ésta es, sin duda, la raíz más honda de su carisma de fundador. Y en esta raíz, que traspasa tiempos y estructuras, tiene su origen nuestro Instituto.

Entre 1840 y 1850 una idea singular comenzó a rondar el corazón de Claret y a “ocuparle delante de Dios”: la posibilidad de vivir la plenitud de la consagración permaneciendo en el mundo junto a los demás hombres, teniendo por claustro el Corazón de María. La certeza de esta posibilidad, madurada en él por el Espíritu del Señor, quedó plasmada en un libro publicado en 1850 y que tituló Hijas del Santísimo e Inmaculado Corazón de María”.

El ideal presentado, que hacía posible la secularidad consagrada, fue revolucionario en su época y Filiación Cordimariana sólo pudo ser un manantial que nacía en el silencio.

En 1943 un grupo de Misioneros Claretianos recoge con amor la luz encendida por el P. Claret y el libro comienza a ser “norma de vida” para grupos de mujeres que se organizan no sólo en España, sino también en varios lugares de Europa y América: en todos ellos alienta la misma vida, adivinándose ya una unidad singularmente rica en esa diversidad que le dio origen.

En 1947 Pío XII promulga la Constitución apostólica Provida Mater Ecclesia que reconoce y aprueba los Institutos Seculares. ¡El sueño del P. Claret tiene ya su propio cauce dentro de la Iglesia y los esfuerzos organizativos se encaminan a lograr su definición como Instituto Secular!

El 21 de noviembre de 1973, fiesta de la Presentación de la Virgen, Filiación Cordimariana es aprobada por la Iglesia como Instituto Secular de Derecho Pontificio.

Consagración y Secularidad, bajo el influjo materno del Corazón de María, son nuestro modo de ser Iglesia y de realizar nuestra misión en el mundo, con el ardor apostólico de nuestro Fundador.

Consagración indica la más íntima y secreta estructura de nuestro ser y de nuestro obrar. Es, sencillamente, vivir la plenitud del amor al estilo de Cristo. La profesión de los Consejos evangélicos nos lleva a vivir con radicalidad nuestra consagración bautismal y a seguir e imitar más de cerca a Jesucristo en medio de las realidades temporales. Así consagramos el mundo a Dios en lo más íntimo de nuestro corazón e inoculamos desde dentro, como fermento, la fuerza de los valores evangélicos a los valores humanos y temporales.

Nuestro ideal de vida, plasmado en nuestro Derecho Propio, es claro e ilusionante:

La vivencia de la castidad manifiesta, como un milagro, en nuestro ser, la hondura ilimitada, la total donación, el desinterés y la universalidad del Corazón de Dios a un mundo que se repliega sobre sí mismo de manera egoísta. Libera nuestro corazón, haciéndolo fecundo, para que se encienda más en el amor de Dios y de toda la humanidad.

Nuestra pobreza voluntaria por el seguimiento de Cristo dice al mundo la bienaventuranza de la libertad en el uso de los bienes temporales, sin dejarse esclavizar por ellos, y manifiesta, al mismo tiempo, la presencia y la solidaridad con los hermanos que sufren.

Nuestra obediencia evangélica descubre al mundo la felicidad liberadora de vivir bajo la voluntad de Dios Padre en la mediación de la Iglesia, del Instituto y, a través de los signos de los tiempos, en la vida cotidiana.

Secularidad indica nuestro estar en el mundo como lugar propio de nuestra responsabilidad cristiana. No equivale a una presencia en el mundo meramente física o sociológica, ni al hecho de realizar un trabajo profesional. Implica, sobre todo,  una actitud interior respecto a sus realidades y al modo de estar inmersas en él, compartiendo las fatigas y las esperanzas de toda la humanidad. Se nos exige vivir en el mundo, “codo a codo” con todos los hermanos, insertas como ellos en las vicisitudes humanas, responsables con ellos de las posibilidades y riesgos de la sociedad, implicadas en las más variadas profesiones al servicio del proyecto de Dios que no es otro que lograr que el hombre viva. Los miembros de los Institutos Seculares hemos de ser, por vocación, según nos dijo el papa Pablo VI, expertos en humanidad”. Estamos llamadas a prolongar de un modo particularmente intenso el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios que se hizo hombre, que pasó por uno de tantos y que pasó haciendo el bien.

Se nos ha dado como misión el testimonio de la vida y de la palabra para que la luz del Evangelio brille en la vida diaria y adquiera una singular eficacia en las condiciones comunes del mundo y en aquellos lugares y circunstancias a los que sólo se puede llegar por nuestro medio.

Para nosotras, el modelo perfecto de esta vida de consagración secular es María. Ella nos configura al Hijo en la fragua de su amor. En ella vivimos para prolongar su maternidad espiritual en medio de todas aquellas situaciones que reclaman una nueva “visita” de Dios a los hombres. Con la misma sencillez y humildad de María permanecemos en medio de las situaciones ordinarias de la vida, transformándolas a través de nuestros trabajos, de nuestros desvelos… abriendo nuevos caminos de evangelización en los ámbitos más variados con una marcada sensibilidad hacia una auténtica promoción de la mujer y el mundo de los excluidos.

Así mismo, ser hijas del Corazón de María implica una fuerte llamada, como don y tarea, a ser hermanas y a mimar la gracia de una fraternidad que brota de nuestra identidad más genuina: “Somos hermanas porque somos hijas”.

Estamos persuadidas de que más que por las obras, nuestra vida es fecunda por el Ser. Es de vital importancia, por lo tanto, estar en continuo contacto con el Señor a través de la oración y de la escucha de la Palabra que nos llevan a vivir desde Él todas las circunstancias siendo así contemplativas en la acción como lo fue María.  La Eucaristía es el centro de nuestra jornada y en ella renovamos, cada día, nuestra consagración para ser con Cristo y en Él pan que se parte y reparte para la vida del mundo.

En resumen, una Hija del Corazón de María es una mujer que vive desde la interioridad del Corazón de su Madre el misterio de la encarnación de Jesús en lo cotidiano, en la historia del hombre de hoy ,y aúna la radicalidad de la consagración –en virginidad, pobreza y obediencia- y la secularidad “para que el mundo tenga corazón”.

Actualmente Filiación Cordimariana vive y trabaja en varios países de Europa y América, concretamente en España, Italia, Portugal, Inglaterra, Argentina, Brasil, Colombia, Panamá, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.

“El Espíritu Santo, admirable artífice de la variedad de los carismas, ha suscitado en nuestro tiempo nuevas formas de vida consagrada, como queriendo corresponder, según un providencial designio, a las nuevas necesidades que la Iglesia encuentra hoy al realizar su misión en el mundo. Pienso en primer lugar en los Institutos Seculares, cuyos miembros quieren vivir la consagración a Dios en el mundo mediante la profesión de los consejos evangélicos en el contexto de las estructuras temporales, para ser así levadura de sabiduría y testigos de gracia dentro de la vida cultural, económica y política. Mediante la síntesis, propia de ellos, de secularidad y consagración, tratan de introducir en la sociedad las energías nuevas del Reino de Cristo, buscando transfigurar el mundo desde dentro con la fuerza de las Bienaventuranzas. De este modo, mientras la total pertenencia a Dios les hace plenamente consagrados a su servicio, su actividad en las normales condiciones laicales, contribuye, bajo la acción del Espíritu, a la animación evangélica de las realidades seculares. Los Institutos seculares contribuyen de este modo a asegurar a la Iglesia, según, la índole específica de cada uno, una presencia incisiva en la sociedad.” (nº 10 de la Exhortación Apostólica Vita Consecrata, de Juan Pablo II)