Enamorados del Dios de la Vida para la vida del mundo
Los Institutos Seculares

Los Institutos Seculares nacieron como exigencia de unas circunstancias que, mediado el siglo XIX, hacían cada vez más difícil la tarea evangelizadora. El maquinismo, las revoluciones, el surgimiento de una clase obrera a la que se intentó hacer creer que la Fe era un impedimento para sus legítimos deseos de progreso, fueron, tal vez, “excusas” del Espíritu para hacer surgir en la Iglesia una vocación diferente que sólo desde el Amor tiene sentido.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX eran muchas las Asociaciones de seguidores de Jesús que caminaban juntos, compartiendo un mismo espíritu, sintiéndose hermanos en el empeño de encarnar y anunciar el Reino con todas las fibras de su ser y de su hacer, abrazando con un serio compromiso los consejos evangélicos de virginidad, pobreza y obediencia pero… sin hábito, sin vida común… sin una serie de estructuras que se consideraban esenciales en la vida religiosa reconocida por la Iglesia.

La Iglesia, madre al fin, acompañaba de cerca aquel proceso y veía crecer en su seno una realidad nueva que no “encajaba” del todo en ninguno de los marcos reconocidos como caminos válidos para el “seguimiento radical de Jesucristo”. Supo custodiar, orientar… y esperar. También los tiempos han de madurar al ritmo de Dios. Poco a poco aquellos intentos fueron tomando forma y nombre hasta que el 2 de febrero de 1947, Pío XII promulgó la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia reconociendo este estilo de vivir, dándole un nombre, bendiciendo su andadura y alentándolos a crecer en la fidelidad al don recibido: habían nacido los Institutos Seculares.

¿Qué son los Institutos Seculares? La definición precisa la da el Código de Derecho Canónico:

Un Instituto Secular es un Instituto de vida consagrada en el cual los fieles, viviendo en el mundo, aspiran a la perfección de la caridad y se dedican a procurar la santificación del mundo sobre todo desde dentro de él.” (Can. 710)

En tres líneas tenemos concentradísimos los elementos esenciales que caracterizan a un Instituto Secular: consagración–secularidad–misión.

Comenzaremos por el final: la “misión” no es otra cosa que el anuncio explícito de la Buena Nueva de Jesús, el Señor. Con todos los medios de que podamos disponer: con la palabra, con el silencio, con el gesto, con el servicio… con toda la vida.

Consagración es la entrega de la propia vida, “la íntima y secreta estructura de nuestro ser y de nuestro obrar”, el sello de Dios que confirma su llamada y acoge nuestra respuesta por la mediación de la Iglesia y del propio Instituto. La consagración asume todas las fibras de la existencia: nada queda al margen y sólo puede tener sentido desde el amor. La llamada a la consagración es primordial: Dios llega a nosotros, nos toca el corazón, nos llama… y espera nuestra respuesta. Nos pide la vida para darnos la Vida, nos pide el tiempo para convertirnos en testigos de la Eternidad, espera nuestro amor para enviarnos como signos de su Amor… Su Mirada nos seduce y quien la ha experimentado alguna vez jamás la olvida. El camino se concreta en virginidad, en pobreza, en obediencia: los tres ejes de la realidad humana.

Secularidad: nos dice que el mundo, con su realidad compleja, tantas veces ambigua, con su trigo y su cizaña, es el “lugar propio de nuestra responsabilidad cristiana”. Nos sentimos llamados a habitar en los entresijos de la historia humana, .En nada externo se diferencia de la lucha por la vida que libran, día a día, los hombres y las mujeres de nuestro tiempo y de nuestro entorno. Somos gente corriente, viviendo junto a gente corriente, pero con un tesoro escondido que llena de gozo nuestra existencia y nos convierte en fermento de Evangelio ahí donde estemos, compartiendo, según la feliz expresión de la Gaudium et Spes, las fatigas y las esperanzas de la Humanidad. Nos mueve la certeza de que cuanto salió de las manos de Dios es bueno y debe recobrar toda su bondad. Intentamos descubrir y cultivar las “semillas del Reino” presentes en todo gesto de bondad, en toda búsqueda sincera de la Verdad, en todo empeño por mejorar este mundo, en todo intento de descubrir el sentido de la vida…

Somos conscientes de haber sido enviados a las ‘periferias existenciales’ de la realidad, y de que, muchas veces, nos “salpicará” la duda, el desaliento, la soledad… Pero es más fuerte la certeza del Amor que nos ha llamado, que llena nuestras horas y nos regala cada día los medios necesarios para seguir caminando: la luz de la oración, la fuerza de los Sacramentos, el calor de la fraternidad, María –“consagrada” a Dios en medio de los suyos– caminando a nuestro lado y acogiéndonos en su Corazón…

Creemos que el Amor de Dios tiene, en sí mismo, una increíble fuerza transformadora. A lo largo de los años hemos aprendido a confiar menos en nuestras posibilidades y más en la Fuerza de Dios que actúa a través de nosotros y, tantas veces, sin que nosotros mismos nos demos cuenta. La consagración de la propia vida en el corazón del mundo equivale a dejar la existencia en manos de Dios para que Él hable, toque, sienta, escuche, ame, por nosotras.

Las palabras que dirigió el Papa Francisco a los Institutos Seculares en mayo de 2014 expresan la actualidad de nuestra forma de ser:

Diariamente lleváis la vida de una persona que vive en el mundo y al mismo tiempo, custodiáis la contemplación, esta dimensión contemplativa del Señor y también la que se dirige al mundo, contemplar la realidad, como contemplar lo bello que hay en el mundo, y también los grandes pecados de la sociedad, las desviaciones… todas estas cosas. Siempre en una tensión espiritual… Por eso, vuestra vocación es fascinante, porque es una vocación justo ahí, donde se juega la salvación no sólo de las personas, sino también de las instituciones. Y de tantas instituciones laicas necesarias en el mundo. ¡Por eso, yo creo que sí, que con la Provida Mater Ecclesia la Iglesia hizo un gesto realmente revolucionario!

Deseo que conservéis siempre esta actitud de ir más allá, no solamente más allá, sino más allá y más en medio, allí donde se juega todo: la política, la economía, la educación, la familia… ¡Allí! Tal vez es posible que tengáis la tentación de pensar: “¿Pero qué puedo hacer yo?” Cuando venga esta tentación, recordad que el Señor nos ha hablado del grano de trigo. Y vuestra vida es como el grano de trigo… allí. Es como la levadura… allí. Y hacer todo lo posible para que el Reino venga, crezca y sea grande y que pueda albergar a mucha gente, como el árbol de la mostaza. Pensad esto. Una pequeña vida, un pequeño gesto; una vida normal, pero levadura, semilla, que hace crecer. Y esto os dará la consolación. Los resultados en esta balanza del Reino de Dios no se ven. Solamente el Señor nos hace percibir alguna cosa. Veremos los resultados allá arriba.

Estáis en el corazón del mundo con el corazón de Dios.