San Antonio María Claret

Antonio Claret llega a la vida en Sallent, provincia de Bar­celona, el 23 de diciembre de 1807, en el seno de una familia que no conoce otra norma de vida que la que nace de una hon­da fe. Descubre el amor de Dios con la misma naturalidad con que descubre el de su madre y, aunque el momento histórico–­político es sumamente difícil, por experiencia aprende, desde pequeño, que el Dios que nos revela Jesucristo es, ante todo, Pa­dre.

Humanamente es inteligente, dócil, cariñoso con los suyos, de una habilidad poco común para el trabajo al que piensa des­tinarle su padre: tejedor. Junto a estas cualidades hay también, desde el principio, una inclinación particular a intimar con el Señor como con un amigo, a mirar a la Virgen como la Madre del Amor de quien es posible esperarlo todo y a preocuparse se­riamente por aquellos que pueden condenarse a la eterna au­sencia de Dios. Cuando apenas cuenta 5 años la idea de “siem­pre, siempre, siempre” le obsesiona. En su mente de niño empie­za a crecer el deseo de llevar a todos la Palabra oportuna que los salve.[1]

Su historia discurre como la de cualquier joven de su tiem­po: sufre las vicisitudes propias de un país en guerra, se prepara para la vida según el plan previsto por su padre… pero su cora­zón sueña con otros horizontes, anhela otras metas que no le dejarán descansar jamás y que, muy pronto, orientarán sus días de modo definitivo. A los 20 años resonará en su interior, como un aldabonazo, la palabra del Señor: “¿De qué le sirve al hom­bre ganar todo el mundo si al fin pierde su alma?[2] La reacción es inmediata y muy propia de un espíritu fogoso como el suyo: decide dejarlo todo y marcharse a la Cartuja. Pero el proyecto no llega a realizarse y entra en el Seminario de Vic. Allí comien­za una historia de entrega incondicional a la causa del Evange­lio que aun hoy prosigue en sus hijos e hijas dispersos por todo el mundo.

En estos primeros años de formación sacerdotal, está muy presente la Virgen Madre. En 1831, mientras estudia el segundo año de filosofía, sufre una fuerte tentación contra la castidad. Invoca a Nuestra Señora, que se le aparece con una corona de rosas en la mano y le dice: “Antonio, esta corona será tuya, si vences”[3]. Movido por la Palabra de Dios y la lectura de la vida de los santos, despierta en su corazón la vocación apostólica, que ve con toda claridad en la ordenación de diácono, el 20 de diciembre de 1834, cuando el obispo pronunció las palabras del Pontifical, tomadas de San Pablo: “No es nuestra lucha sola­mente contra la carne y la sangre, sino también contra los príncipes y potestades, contra los adalides de las tinieblas[4].

El 13 de junio de 1835 es ordenado sacerdote. En Sallent, su pueblo natal, celebra la primera Misa. Pocos años después, en 1839, no bastándole su incansable actividad, viaja a Roma pa­ra ofrecerse a Propaganda Fide y, desde allí, ser enviado como misionero a cualquier lugar del mundo. El Espíritu del Señor, que lo conduce, lo llevará hasta el Noviciado de los jesuitas con el fin de prepararlo para la misión a que lo tiene destinado. Una enfermedad inesperada es la causa segunda que motiva su re­greso a España. Son estos los años (1840–1847) de misionero en Cataluña. De sur a norte, de este a oeste, la recorre una y otra vez sin más equipaje que un hatillo y sin más mensaje que el Evangelio de Jesucristo.

Por estas fechas comienza a gestarse en su corazón un libro que tendrá resonancias proféticas: Hijas del Santísimo e Inmaculado Corazón de Maria. Hacia 1846 ya tenía reunido algún material que completa al año siguiente. Esta obra, de pequeño formato pero de grandes ecos, bien puede considerarse como una de las precursoras de los Institutos Seculares: se atreve a proponer la consagración de la vida sin más claustro que el Corazón de María. Las dificultades derivadas de la audacia de su propuesta son causa de que el libro no pueda ver la luz hasta el año 1850.

En 1847 publica las Constituciones de la Hermandad del Corazón de Maria. Con esta iniciativa intenta organizar y pro­mover el apostolado seglar desde la fuerza apostólica del Cora­zón de Maria, reuniendo en un solo grupo a sacerdotes y segla­res –hombres y mujeres– impulsados por el mismo ideal apostó­lico y las mismas normas fundamentales.

A principios de 1848 marcha a Canarias donde aún hoy, si­glo y medio más tarde, se le recuerda como “el Padrito”. Durante algo más de un año predica en Tenerife y misiona en Gran Ca­naria y Lanzarote.

En mayo de 1849 regresa a la Península y organiza la Libre­ría Religiosa –fundada en 1847 con D. José Caixal y D. Antonio Palau– con el fin de difundir la buena prensa.

El 16 de julio de ese mismo año, 1849, en una celda del Se­minario de Vic, funda la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de Maria. Con visión profética dice a los reunidos: “Hoy se comienza una gran obra”. No había pasado un mes cuando, inesperadamente, recibe el nombramiento de Arzobispo de Cuba. A la espera de partir hacia su diócesis dedica el año a predicar por donde quiera que pasa. El 28 de diciembre, con un grupo de mi­sioneros, se embarca rumbo a Cuba. Comienzan unos años du­ros que abraza con el ímpetu y el amor de su ser de apóstol.

En sus afanes misioneros le preocupa de un modo especial la educación de la niñez y de la juventud. Es el momento en el que, inspirado por Dios, funda, con la Madre María Antonia Paris, la Congregación de Religiosas de María Inmaculada Mi­sioneras Claretianas para enseñar a toda criatura la Ley Santa del Señor.

El 1 de febrero de 1856 está a punto de realizar su sueño de dar la vida por Cristo. Sufre un atentado en Holguín que pudo ser mortal. Pero el Señor aún lo quería entre los hermanos, tra­bajando para su gloria.

En 1857 retorna a España con una nueva encomienda: confesor de la Reina Isabel II. Se verá obligado a residir en la Corte y ésta será la cruz más pesada: no poder ir de un lugar a otro llevando la Luz de la Palabra. Sin embargo, su constante preocupación apostólica le hará encontrar cauces y modos para ser fiel a su ser de misionero. Madrid será su nueva tierra de mi­sión.

Era llegado el momento de convertir en realidad un proyec­to nacido durante la convalecencia de las heridas causadas en el atentado de Holguín: la ”Academia de San Miguel”: “Tan pronto como me levanté comencé a dibujar la estampa y a escri­bir el Reglamento, que en el día está aprobado por el Gobierno con Real Cédula y celebrado y recomendado por el Sumo Pon­tífice Pío IX[5]. En 1859 inicia esta obra con la publicación de dicho Reglamento. Se trataba de una asociación de literatos, artistas y propagandistas bajo la protección de San Miguel. Su finalidad especifica consistía en penetrar de espíritu evangélico las realidades temporales a través de seglares comprometidos que se dedicaran a una especie de “consagración del mundo” utilizando las ciencias y las artes. Pretendía fomentar la vida cris­tiana en todos sus miembros y lanzarlos a un apostolado uni­versal. Transcurrido más de un siglo, el Movimiento de Seglares Claretianos encontrará en esta obra del Padre Fundador uno de sus antecedentes.

Acompañando a la familia real, pasa los veranos en La Granja de San Ildefonso. En esta pequeña localidad segoviana, el 26 de agosto de 1861, recibe la singular gracia mística de con­servar en su interior al Señor sacramentado de una comunión a otra. Será, en adelante, un Sagrario viviente.

En 1868, junto con los Reyes, expulsados por la Revolución, pasa a Francia donde reside primero en Pau y luego en París. En marzo del año siguiente consigue separarse de la Corte y marcha a Roma. Allí se dedica a la oración, al estudio y a la preparación del Concilio Vaticano I. También encuentra tiem­po para predicar, visitar hospitales y enseñar el catecismo.

En 1870 participa en el Concilio defendiendo el dogma de la infalibilidad pontificia. En julio de ese año, interrumpido el Concilio, se traslada a Prades, Francia, para descansar. Pre­siente ya su próxima muerte.

La Revolución española, que no ha cesado de perseguirle, intenta alcanzarle en el destierro. Precipitadamente huye a Fontfroide, cerca de Narbona, refugiándose en aquel monaste­rio cisterciense. Desterrado, pobre, solo, pero en la paz de una casa dedicada a la oración, aguarda el encuentro cara a cara con su Señor por quien lo perdió todo y todo lo estimó como ba­sura[6].

El 24 de octubre, a las 8,45, concluyó su caminar entre no­sotros. Contaba 62 años. Hoy, siglo y medio más tarde, conti­núa predicando. La Familia Claretiana, extendida por el mun­do entero, prosigue su misión y ojalá sepa hacerla con su mismo celo, con su misma entrega sin condiciones, con su incansable olvido de sí en favor del Evangelio.[7]

Olga Elisa Molina


[1] Cf. Autobiografía, n. 8.

[2] Mt.16,26.

[3] Autobiografía, n. 96.

[4] Ef. 6, 12.

[5] Autobiografía, n. 581.

[6] Cf. Flp 3, 8.

[7] Para un estudio de la vida y obra de San Antonio María Claret puede verse: AGUILAR, F.: Vida del Excmo. e Ilmo. Sr. D; Antonio María Claret, misionero apostólico, arzobispo de Cuba y después de Trajanópolis (Madrid 1871) 428 pp.; CLOTET, J.: Resumen de la admirable vida del Excmo. e Ilmo. Sr. Don Antonio Maria Claret y Clará (Barcelona 1882) 348 pp.; AGUILAR, M.: Vida admirable del siervo de Dios P. Antonio Maria Claret, fundador de la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de Maria (Madrid 1894) 2 vols., 638 y 536 pp.; FERNANDEZ, c.: El Beato P. Antonio Maria Claret Historia docu­mentada de su vida y empresas (Madrid 1946) 2 vols., 1066 y 930 pp.; CABRE RUFATT, A.: Evangelizador de dos mundos. Vida anecdótica de San Antonio María Claret (Santiago de Chile 1977) 174 pp. (Barcelona 1983) 208 pp.; LOZA­NO, J. M.: Una vida al servicio del Evangelio. Antonio Maria Claret (Barcelona 1985) 608 pp. – Como obras básicas indispensables para conocer la vida, la obra y la espiritualidad claretiana, hay que señalar su Autobiografía y otros documentos del Santo agrupados en tres volúmenes complementarios: SAN ANTONIO MARIA CLARET: Escritos autobiográficos. Trascripción, introducciones y no­tas por José María Viñas y Jesús Bermejo, misioneros claretianos. BAC (Ma­drid 1981) 740 pp.; SAN ANTONIO MARIA CLARET: Escritos espirituales. Edición preparada por Jesús Bermejo, misionero claretiano, BAC (Madrid 1985) 528 pp.; SAN ANTONIO MARIA CLARET: Escritos marianos. Edición preparada por Jesús Bermejo, CMF. Estudio preliminar por José María Viñas, CMF, Publicaciones Claretianas (Madrid 1989) 470 pp. – SAN ANTONIO MARÍA CLARET: Autobiografía y escritos complementarios. Edición del bicentenario preparada por José María Viñas y Jesús Bermejo. Editorial Claretiana (Buenos Aires, 2008) 1026 pp.