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San Antonio Mª Claret

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Nuestro fundador

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Un pensamiento que el Señor me ha inspirado

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El punto de partida de Claret es como en todas sus actividades su celo apostólico. El santo observa el mundo procurando que nada de él quede al margen del plan de Dios. En su intento por procurar medios de salvación a toda clase de personas, repara en una: las jóvenes que llamadas a vivir una consagración radical a Jesucristo han de permanecer en el mundo. Para ellas hacia 1846 empieza a escribir un libro que comienza con estas palabras:

«Después de haber procurado dar a toda clase de personas los medios que me han parecido más conducentes para que logren su santificación… temería faltar a mi deber y a la caridad universal que Dios me ha inspirado, si no cuidara de ofrecerlos a una clase de personas que ha llamado siempre mi atención y cuidados en mis correrías apostólicas, y que me ha ocupado muchísimas veces delante de Dios.

El Señor a quien habéis elegido por esposo, y a quien habéis consagrado vuestro corazón, os ha mirado con ojos compasivos, ha aceptado vuestra entrega y quiere admitiros por esposas… A lo menos así me lo hace creer un pensamiento que el Señor me ha inspirado, y que va a proporcionaros el que podáis realizar todos vuestros deseos abriéndoos un nuevo claustro… y éste será el Santísimo e Inmaculado Corazón de María».

En 1850 el libro fue finalmente publicado. Cartas posteriores revelan la enorme aceptación que tuvo esta pequeña obra claretiana y el interés con que Claret quería difundirla a lo largo y ancho de su diócesis:

“También quisiera que me enviara una porción de los libros de las Hijas del Inmaculado Corazón de María; es el libro que hace grandes frutos …envíemelos pronto… no se puede usted formar una idea del bien tan grande que está haciendo este librito”.

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San Antonio Mª Claret, fundador

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El punto de partida de Claret es como en todas sus actividades su celo apostólico. El santo observa el mundo procurando que nada de él quede al margen del plan de Dios. En su intento por procurar medios de salvación a toda clase de personas, repara en una: las jóvenes que llamadas a vivir una consagración radical a Jesucristo han de permanecer en el mundo. Para ellas hacia 1846 empieza a escribir un libro que comienza con estas palabras:

«Después de haber procurado dar a toda clase de personas los medios que me han parecido más conducentes para que logren su santificación… temería faltar a mi deber y a la caridad universal que Dios me ha inspirado, si no cuidara de ofrecerlos a una clase de personas que ha llamado siempre mi atención y cuidados en mis correrías apostólicas, y que me ha ocupado muchísimas veces delante de Dios.

El Señor a quien habéis elegido por esposo, y a quien habéis consagrado vuestro corazón, os ha mirado con ojos compasivos, ha aceptado vuestra entrega y quiere admitiros por esposas… A lo menos así me lo hace creer un pensamiento que el Señor me ha inspirado, y que va a proporcionaros el que podáis realizar todos vuestros deseos abriéndoos un nuevo claustro… y éste será el Santísimo e Inmaculado Corazón de María».

En 1850 el libro fue finalmente publicado. Cartas posteriores revelan la enorme aceptación que tuvo esta pequeña obra claretiana y el interés con que Claret quería difundirla a lo largo y ancho de su diócesis:

“También quisiera que me enviara una porción de los libros de las Hijas del Inmaculado Corazón de María; es el libro que hace grandes frutos …envíemelos pronto… no se puede usted formar una idea del bien tan grande que está haciendo este librito”.

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Consagración y secularidad, bajo el influjo materno del Corazón de María, son nuestro modo de ser Iglesia y de realizar nuestra misión en el mundo.

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  1. San Antonio María Claret

     

    Un pensamiento que el Señor me ha inspirado

    El punto de partida de Claret es como en todas sus actividades su celo apostólico. El santo observa el mundo procurando que nada de él quede al margen del plan de Dios. En su intento por procurar medios de salvación a toda clase de personas, repara en una: las jóvenes que llamadas a vivir una consagración radical a Jesucristo han de permanecer en el mundo. Para ellas hacia 1846 empieza a escribir un libro que comienza con estas palabras:

    Después de haber procurado dar a toda clase de personas los medios que me han parecido más conducentes para que logren su santificación… temería faltar a mi deber y a la caridad universal que Dios me ha inspirado, si no cuidara de ofrecerlos a una clase de personas que ha llamado siempre mi atención y cuidados en mis correrías apostólicas, y que me ha ocupado muchísimas veces delante de Dios.

    El Señor a quien habéis elegido por esposo, y a quien habéis consagrado vuestro corazón, os ha mirado con ojos compasivos, ha aceptado vuestra entrega y quiere admitiros por esposas… A lo menos así me lo hace creer un pensamiento que el Señor me ha inspirado, y que va a proporcionaros el que podáis realizar todos vuestros deseos abriéndoos un nuevo claustro… y éste será el Santísimo e Inmaculado Corazón de María.

    En 1850 el libro fue finalmente publicado. Cartas posteriores revelan la enorme aceptación que tuvo esta pequeña obra claretiana y el interés con que Claret quería difundirla a lo largo y ancho de su diócesis:

    También quisiera que me enviara una porción de los libros de las Hijas del Inmaculado Corazón de María; es el libro que hace grandes frutos …envíemelos pronto… no se puede usted formar una idea del bien tan grande que está haciendo este librito

     

    San Antonio María Claret

    Antonio Claret llega a la vida en Sallent, provincia de Barcelona, el 23 de diciembre de 1807.

    Su historia discurre como la de cualquier joven de su tiempo: sufre las vicisitudes propias de un país en guerra, se prepara para la vida según el plan previsto por su padre… pero su corazón sueña con otros horizontes, anhela otras metas que no le dejarán descansar jamás y que, muy pronto, orientarán sus días de modo definitivo. A los 20 años resonará en su interior, como un aldabonazo, la palabra del Señor: “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si al fin pierde su alma?”[2]. Entra en el Seminario de Vic y allí comienza una historia de entrega incondicional a la causa del Evangelio. El 13 de junio de 1835 es ordenado sacerdote.

    Viaja a Roma para ofrecerse a Propaganda Fide y, desde allí, ser enviado como misionero a cualquier lugar del mundo. El Espíritu del Señor, que lo conduce, lo llevará hasta el Noviciado de los jesuitas con el fin de prepararlo para la misión a que lo tiene destinado. Una enfermedad inesperada es la causa segunda que motiva su regreso a España. Son estos los años (1840–1847) de misionero en Cataluña.

    Por estas fechas comienza a gestarse en su corazón un libro que tendrá resonancias proféticas: Hijas del Santísimo e Inmaculado Corazón de Maria.

     

    A principios de 1848 marcha a Canarias donde aún hoy, siglo y medio más tarde, se le recuerda como “el Padrito”. Durante algo más de un año predica en Tenerife y misiona en Gran Canaria y Lanzarote.

    En mayo de 1849 regresa a la Península y organiza la Librería Religiosa –fundada en 1847 con D. José Caixal y D. Antonio Palau– con el fin de difundir la buena prensa.

    El 16 de julio de ese mismo año, 1849, en una celda del Seminario de Vic, funda la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. No había pasado un mes cuando, inesperadamente, recibe el nombramiento de Arzobispo de Cuba. El 28 de diciembre, con un grupo de misioneros, se embarca rumbo a Cuba.

    En sus afanes misioneros le preocupa de un modo especial la educación de la niñez y de la juventud. Es el momento en el que, inspirado por Dios, funda, con la Madre María Antonia Paris, la Congregación de Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas para enseñar a toda criatura la Ley Santa del Señor.

    El 1 de febrero de 1856 está a punto de realizar su sueño de dar la vida por Cristo. Sufre un atentado en Holguín que pudo ser mortal. Pero el Señor aún lo quería entre los hermanos, trabajando para su gloria.

    En 1857 retorna a España con una nueva encomienda: confesor de la Reina Isabel II. Madrid será su nueva tierra de misión.

    Era llegado el momento de convertir en realidad un proyecto nacido durante la convalecencia de las heridas causadas en el atentado de Holguín: la »Academia de San Miguel”: “Tan pronto como me levanté comencé a dibujar la estampa y a escribir el Reglamento, que en el día está aprobado por el Gobierno con Real Cédula y celebrado y recomendado por el Sumo Pontífice Pío IX”[5]. En 1859 inicia esta obra con la publicación de dicho Reglamento. Se trataba de una asociación de literatos, artistas y propagandistas bajo la protección de San Miguel. Transcurrido más de un siglo, el Movimiento de Seglares Claretianos encontrará en esta obra del Padre Fundador uno de sus antecedentes.

    Acompañando a la familia real, pasa los veranos en La Granja de San Ildefonso. En esta pequeña localidad segoviana, el 26 de agosto de 1861, recibe la singular gracia mística de conservar en su interior al Señor sacramentado de una comunión a otra. Será, en adelante, un Sagrario viviente.

    En 1868, junto con los Reyes, expulsados por la Revolución, pasa a Francia donde reside primero en Pau y luego en París. En marzo del año siguiente consigue separarse de la Corte y marcha a Roma. Allí se dedica a la oración, al estudio y a la preparación del Concilio Vaticano I. También encuentra tiempo para predicar, visitar hospitales y enseñar el catecismo.

    En 1870 participa en el Concilio defendiendo el dogma de la infalibilidad pontificia. En julio de ese año, interrumpido el Concilio, se traslada a Prades, Francia, para descansar. Presiente ya su próxima muerte.

    La Revolución española, que no ha cesado de perseguirle, intenta alcanzarle en el destierro. Precipitadamente huye a Fontfroide, cerca de Narbona, refugiándose en aquel monasterio cisterciense. Desterrado, pobre, solo, pero en la paz de una casa dedicada a la oración, aguarda el encuentro cara a cara con su Señor por quien lo perdió todo y todo lo estimó como basura[6].

    El 24 de octubre, a las 8,45, concluyó su caminar entre nosotros. Contaba 62 años.

     

    La Familia Claretiana, extendida por el mundo entero, prosigue su misión y ojalá sepa hacerla con su mismo celo, con su misma entrega sin condiciones, con su incansable olvido de sí en favor del Evangelio.[7]

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