Historia de Filiación Cordimariana
Nuestra Historia
I. Desde el corazón y la pluma de Claret

San Antonio María Claret, único Fundador reconocido del Instituto, obedeciendo a un «pensamiento que el Señor le inspiraba», quiso «proporcionar unos cauces que hicieran posible vivir la consagración a Dios en medio del mundo»[1]. Para alcanzar este objetivo, y obedeciendo a su corazón de profeta, hizo lo que era posible en el entorno difícil y cerrado del siglo XIX: escribió un libro –Hijas del Santísimo e Inmaculado Corazón de María o Religiosas en sus casas– y trabajó cuanto pudo por su publicación y posterior difusión. De ello hablan con elocuencia las diversas ediciones, su cuidado en perfilar cada una mientras vivió y su empeño en difundirlo sobradamente manifestado en el epistolario. Su obra, redactada en 1847, no pudo ver la luz hasta 1850, superado el duro escollo del “nihil obstat”.

El pensamiento de Claret comienza a difundirse al mismo tiempo en España y en América. Durante casi un siglo es norma de vida abrazada a título personal.

Hubo, sin embargo, una excepción, un intento de organizar el nuevo Instituto en vida del Santo si bien lejos de su palabra y de su cuidado pastoral directo.

En Campos (Mallorca) una maestra rural –Sebastiana Lladó– que buscaba su camino llamando a puertas que la desamortización de Mendizábal le cerraba, encontró en el libro de Claret la oportunidad de hacer vida sus sueños de entrega y de hacerlo junto a otras amigas que compartían su ideal y su época. Allí, en Campos, nació y vivió el primer grupo de Hijas del Inmaculado Corazón de María adaptando a su realidad concreta el pensamiento claretiano. Más tarde –aún no había madurado la hora de Dios para nosotras– aquel grupo se constituyó en una Congregación Religiosa, las Misioneras de los Sagrados Corazones, y Sebastiana Lladó se convirtió en Sor María Rafaela del Sagrado Corazón. Fue apenas un intento, pero significativo.

II. Primeros intentos de organización

A lo largo de la primera mitad del siglo XX, hubo varios intentos de dar una estructura jurídica a aquel pensamiento inspirado de San Antonio María Claret, tanto en Europa como en la América de habla hispana. Pero fueron intentos esporádicos, aislados entre sí y que no tuvieron continuidad en el tiempo. Desaparecieron con las personas que los habían organizado. Tienen, no obstante, su importancia como una expresión visible de que se veía, desde la primera hora, que la idea de Claret iba mucho más allá que la de unas orientaciones para quienes quisieran vivir, de forma estrictamente personal, este ideal de vida.

III. Plasencia, 1943

La fecha clave es 1943. Los comienzos no pudieron ser más sencillos. Leemos en el primer libro de Actas del Centro de Plasencia:

En la ciudad de Plasencia, a seis de mayo de mil novecientos cuarenta y tres, convocadas por el R. P. Vicente Gómez, se reunieron en la sala de visitas de esta residencia de Padre Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, las señoritas Buenaventura García y García, Josefa Blanco Barbero y Bernarda Ruiz, y después de invocar la protección de la Santísima Virgen, trataron de la creación de un Centro de Religiosas en sus Casas, según el pensamiento del Beato Padre Claret expresado en su libro “Religiosas en sus Casas o Hijas del Inmaculado Corazón de María”. Todas quedaron conformes y animadas a trabajar en esta hermosa Obra y el P. Vicente las exhorta a que sean muy fervorosas y fieles en el cumplimiento de su Reglamento, para conseguir los fines que con ella anhelaba el Beato Padre Claret. Acuerdan celebrar Retiros y reuniones mensuales y sin otro particular se da por terminada la reunión rezándose tres Avemarías”.

Meses después el P. Gómez es trasladado a Sevilla donde, en septiembre del mismo año, establece un nuevo Centro de Filiación, en la Parroquia de Nuestra Señora de los Dolores, a cargo de los PP. Claretianos.

En los años siguientes, y bajo un impulso similar, surgen núcleos en distintas ciudades de España y América, siempre al amparo de la Congregación de Misioneros.

IV. En busca de la definición del propio ser

En 1944 una Comisión –designada por el Superior Provincial de Bética– redacta los primeros Estatutos que dan un nuevo impulso a la expansión del Instituto favoreciendo la fundación de nuevos Centros.

Entre tanto, hay que consignar dos acontecimientos importantes: el 16 de julio de 1943, la llamada por entonces Sagrada Congregación de Religiosos, aprueba las “Obras Propias” de la Congregación Claretiana. Esta será la primera “forma jurídica” de nuestro Instituto. El segundo nos toca de lleno: el 1 de octubre de 1946 el Gobierno General de la Congregación aprueba, a título experimental, los Estatutos de la Asociación, de “la Institución”, como comenzó a llamársela desde entonces.

Apenas unos meses después, el 2 de febrero de 1947, Pío XII promulga la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia que reconoce y aprueba, bajo la denominación Institutos Seculares, la posibilidad de abrazar la vida consagrada permaneciendo en las estructuras temporales, “en el corazón del mundo”. Este hecho eclesial señala claramente el camino y hacia esta definición se encaminan todos los afanes.

Superada la que podríamos llamar “etapa de transición” en la que Filiación Cordimariana es reconocida como “obra propia de la congregación Claretiana a modo de Instituto Secular”, 1959, el Instituto alcanza su plena definición jurídica el 19 de marzo de 1971. Con esa fecha el Cardenal Arzobispo de Pamplona, el claretiano Arturo Tabera, firma en dicha ciudad el decreto de erección del nuevo Instituto Secular. Poco tiempo después, el 21 de noviembre de 1973, Filiación Cordimariana es reconocida como Instituto Secular de Derecho Pontificio con el Decreto Beata Virgo María. Aquel “pensamiento inspirado por Dios” a San Antonio María Claret ha encontrado ya su cauce propio en la Iglesia y por él debe transitar, plenamente consciente de su raíz claretiana y de estar llamado a ser, en el corazón del mundo, prolongación viviente del Corazón de la Virgen Madre.

V. Tiempo de caminar

Estos años –muchos ya– transcurridos desde el Decreto de Aprobación Pontificia han constituido el “tiempo de caminar”.

Sólo por señalar hitos particularmente importantes queremos mencionar:

El 28 de febrero de 1973 se publica el primer número de Eslabones, boletín informativo que pretende agilizar la comunicación de noticias dejando a “Cor Unum” el carácter de revista formativa.

En 1983 el Instituto comienza una experiencia directamente misionera en Panamá. Durante unos años, un pequeño grupo se dedica a tiempo pleno a la evangelización en tierras de vanguardia. Más adelante, esta inquietud misionera tan encalvada en la entraña del ser claretiano, se canalizará en la participación en Misiones populares y en la dedicación de quienes viven en los que podríamos llamar “tierras de misión.

La aprobación definitiva de los Estatutos, concluido el período inicial de experimentación, el 8 de diciembre de 1985.

La aprobación de nuestro Ritual de Consagración, el 25 de junio de 1986, el primer Ritual para un Instituto Secular aprobado por la Congregación para el Culto Divino.

La participación efectiva de Filiación Cordimariana, desde su propia identidad plenamente definida, en los siete Encuentros internacionales de la Familia Claretiana: 1984 en Roma, 1988 en Vic, 1992 en Santo Domingo, 1996 en Fontfroide, 2001 en El Cobre (Cuba), 2005 en Bangalore (India) y 2009 de nuevo en Vic.

La presencia de nuestro Instituto tanto en la CMIS como en las distintas Conferencias nacionales de Institutos Seculares.

La colaboración con la Familia Claretiana en el ámbito de la pastoral Juvenil–vocacional.

La publicación de la primera edición crítica de nuestro libro fundacional, en 1990.

En 1993, concretamente el 15 de agosto, recordamos aquellos comienzos organizativos de Plasencia. La misma ciudad que fue testigo de aquel retomar entre las manos la iniciativa de Claret para darle forma y continuidad, nos acogió para un gozoso canto de acción de gracias al cabo de medio siglo de andadura. Por primera y única vez (apenas unos años después Carmen Álvarez marchó al encuentro definitivo con su Señor) se encontraron las cuatro Directoras Generales que, hasta esa fecha había tenido el Instituto y pudo participar del acontecimiento un testigo de excepción, de la primera hora: el P. Manuel Jiménez. Si bien presidió la Eucaristía el Ordinario del lugar, la homilía estuvo a cargo del entonces Superior General de la Congregación claretiana, P. Aquilino Bocos, que nos regaló palabras que no cabe reproducir aquí pero que supieron señalar muy bien un hito particularmente significativo de nuestro itinerario vital. Junto a él numerosos hermanos que habían hecho con nosotras el camino y podían compartir, desde dentro, nuestro “magnificat” agradecido y esperanzado.

El 21 de noviembre de 1998 celebramos los primeros 25 años del Decreto de Aprobación Pontificia. No podía ser de otro modo más que dentro del ámbito de la Familia Claretiana. Nuevamente fue el P. Aquilino Bocos, como Superior General, quien presidió la Eucaristía junto a una numerosa representación de hermanos y hermanas, herederos todos del tronco común que es Claret.

No podemos dar por concluida la historia no sólo porque aún tendríamos mucho que decir de todos estos años sino porque ahora mismo continuamos escribiéndola y siempre será un quehacer inacabado. Las siguientes Asambleas Generales pusieron el acento, alternativamente, en la profundización en el propio Carisma, en la proyección evangelizadora, en la promoción vocacional, en la formación permanente… siempre atentas a los signos de los tiempos y a las urgencias del propio Instituto.


[1] San Antonio María Claret – Hijas del Santísimo e Inmaculado Corazón de María. Publicaciones Claretianas, Madrid 1990, p. 39.

Olga Elisa MOLINA, FC